El día de ayer, un episodio en el Senado de la República encendió las alarmas no solo por la pelea entre Gerardo Fernández Noroña y Alejandro Moreno que circuló en todos los medios, sino por lo que estos golpes simbolizan.

Aunque las imágenes de los altercados dominaron la conversación pública, lo verdaderamente preocupante fue otro hecho: la censura dentro del recinto legislativo. Un senador (Alito) fue interrumpido y silenciado, lo cual trasciende al individuo y afecta directamente a millones de ciudadanos que depositaron en él su representación.

Senado: ¿Casa de debate o espacio de censura?

Tradicionalmente, el Senado se concibe como el lugar donde convergen las voces plurales del país. Allí deberían discutirse los grandes problemas nacionales: la inseguridad, la escasez de medicamentos, los baches que afectan a las ciudades, el encarecimiento constante de los productos básicos. Sin embargo, lo que presenciamos fue un escenario distinto.

En lugar de abrir espacio al intercambio de ideas, se administró el silencio. El mensaje que queda en el aire es inquietante: a quien cuestiona, lo callan; a quien incomoda, lo censuran; a quien piensa distinto, se le retira el micrófono.

La pluralidad como piedra incómoda para el poder

El incidente revela algo más grave que un simple “pleito de egos” entre legisladores. Lo ocurrido expone la normalización de un control político que relega la pluralidad y margina la crítica. La democracia, en este contexto, se convierte en un terreno incómodo para quienes gobiernan.

Cuando se impide hablar a un senador, no solo se acalla una voz; se invisibiliza a millones de mexicanos que esperan respuestas y soluciones a los problemas cotidianos. El Senado deja entonces de cumplir su papel democrático para convertirse en un escenario donde se impone el silencio.

¿Qué significa para los ciudadanos?

Lo sucedido en la Cámara Alta debe preocuparnos a todos. Si en el máximo foro legislativo se limita la palabra, ¿qué puede esperar la ciudadanía común? Ignorar, censurar o borrar del debate a quien piensa diferente no es un tema menor. Es un signo de que el silencio podría convertirse en política de Estado.

La democracia no se cancela con un golpe entre senadores; se cancela cuando desaparece el debate. Y el verdadero golpe, como bien se dijo, no fue entre legisladores, sino hacia toda la sociedad mexicana.

México necesita un Senado que debata, no que se convierta en un ring de boxeo. Urge recuperar el sentido original del recinto: ser la casa donde se analicen y discutan los problemas que afectan a las familias mexicanas. Mientras eso no ocurra, lo único que avanza es la censura, y con ella, la fragilidad de la democracia.