La civilización contemporánea ha cruzado un umbral peligroso al consumir no solo el flujo renovable de las precipitaciones y los caudales fluviales, sino también las reservas históricas que la naturaleza almacenó durante milenios; en cuanto al agua, estamos "en bancarrota".

Según una reciente investigación de la Universidad de las Naciones Unidas, la humanidad ha vaciado los depósitos alojados en formaciones glaciares, zonas húmedas y mantos subterráneos, provocando una fractura profunda en los ecosistemas acuáticos. Este escenario ha derivado en la compactación de acuíferos, la desaparición de lagos y el hundimiento de deltas, procesos que actualmente carecen de capacidad de regeneración natural.

Explotación de recursos hídricos amenaza a ecosistemas y la seguridad alimentaria global

Bajo el concepto de quiebra hídrica global, el informe describe un estado de insolvencia donde la presión de la demanda humana ha consumido los ahorros de agua de manera irreversible. Este fenómeno representa un punto sin retorno para múltiples sistemas, donde el agotamiento de los pozos destinados a las futuras generaciones pone en jaque la estabilidad de todo el ciclo hidrológico de la Tierra.

Las causas de este déficit se encuentran en un modelo de desarrollo que prioriza el consumo ilimitado, impulsado por la expansión de centros urbanos, la actividad industrial, el uso intensivo de suelos agrícolas y la contaminación. Estos factores, sumados a las emisiones que alteran el clima, han intensificado las sequías y la evaporación de las reservas existentes.

El efecto dominó: Del campo al mercado global

Las evidencias del derroche son visibles a escala global, con más del 50 por ciento de los depósitos lacustres más importantes en proceso de desecación y la pérdida de ecosistemas húmedos, cuya superficie total equivaldría a la extensión de la Unión Europea en apenas cinco décadas.

Este colapso tiene un impacto directo en la seguridad alimentaria, dado que la agricultura demanda la mayor parte del agua dulce disponible. La escasez en las zonas de cultivo no permanece estancada geográficamente, sino que se traslada a través de los mercados internacionales, afectando los precios de los productos básicos y desestabilizando las economías globales.

De acuerdo con los autores del informe, el déficit hídrico se ha convertido en un peligro sistémico que afecta las estructuras del comercio mundial. Además, la sobreexplotación de las aguas profundas ha tenido consecuencias físicas directas sobre la corteza terrestre, provocando que el suelo se hunda bajo los pies de dos mil millones de personas.

El rescate final: Hacia un nuevo pacto hídrico

Ante este panorama, el documento de la ONU propone un cambio de paradigma que consiste en administrar la quiebra en lugar de simplemente reaccionar ante la crisis. El rescate de lo que aún se puede conservar requiere una transformación en las técnicas de cultivo, una distribución equitativa del recurso restante y la protección estricta de los ecosistemas que todavía funcionan.

La próxima Conferencia del Agua de la ONU en 2026 se perfila como el encuentro determinante para establecer un nuevo pacto con el medio ambiente. El desafío final no es recuperar lo que ya se ha secado irremediablemente, sino aprender a subsistir con el volumen de agua disponible protegiendo cada recurso remanente.