Moverse por carretera en Venezuela puede convertirse en una experiencia intimidante. Así lo relata Andreina Andrade, periodista de Fuerza Informativa Azteca quien documentó un trayecto desde San Cristóbal hasta la frontera con Colombia y el centro del país, un recorrido de aproximadamente 10 horas que dejó al descubierto una realidad marcada por retenes militares, interrogatorios constantes y vigilancia extrema.

Lejos de ser un viaje común, la travesía se transformó en una radiografía cruda de un país donde la presencia del Ejército domina carreteras y calles, y donde la libertad de movimiento depende del humor del soldado en turno.

Un camino lleno de retenes y presión psicológica en Venezuela

Durante el recorrido, Andreina y el equipo de FIA contabilizaron alrededor de 25 retenes militares. En varios de ellos fueron detenidos, interrogados y sometidos a revisiones exhaustivas. El patrón se repetía una y otra vez: las mismas preguntas, la misma presión, el mismo ambiente de intimidación.

“Más que revisar, buscan quebrar la resistencia del ciudadano”, describe. En uno de los puntos de control, la detención se prolongó por al menos 15 minutos. Los militares rodearon al grupo, exigieron teléfonos celulares y revisaron el equipaje prenda por prenda, mientras repetían preguntas sobre procedencia y destino.

Un tripié como “prueba” de sospecha o traición en Venezuela

Uno de los momentos más tensos ocurrió cuando los soldados señalaron un tripié de cámara como objeto sospechoso. Para el Ejército venezolano, una herramienta tan simple puede convertirse en motivo de acusación y levantar sospechas de conspiración.

La privacidad, cuenta Andreina Andrade, no existe en estos puntos de control. Los militares tomaron pasaportes, detectaron una visa de Estados Unidos y, a partir de ahí, comenzaron los señalamientos, las amenazas veladas y el discurso de traición.

Miedo, extorsión y normalización del abuso militar en Venezuela

El relato expone una realidad que millones de venezolanos enfrentan a diario: el miedo constante a la detención arbitraria y a la extorsión. Cualquier pretexto es suficiente para presionar al ciudadano, quien termina bajando la cabeza ante la autoridad armada.

Andreina reconoce que, con el paso de las horas, terminó adaptándose a lo anormal, una señal clara de cómo la militarización se ha integrado a la vida cotidiana. Aunque el poder político se concentra en Caracas, afirma, el control de las calles y de las armas sigue en manos del Ejército.

Venezuela, un país militarizado

Lo que ocurre en las carreteras es solo el reflejo de un problema más profundo: Venezuela se ha militarizado como política de Estado. La libertad de movimiento ya no es un derecho garantizado, sino una concesión temporal.

Andreina subraya que, aunque su equipo logró completar el viaje sin daños, la experiencia deja un mensaje contundente para otros países, especialmente México.

Un mensaje para México: la libertad se defiende

“La posibilidad de moverte libremente por tu país, tu estado o tu colonia es un derecho que debe cuidarse siempre”, advierte. La periodista hace un llamado a no normalizar la militarización y a defender las libertades antes de que se pierdan.

Su testimonio no solo documenta un viaje, sino que alerta sobre lo que ocurre cuando el control armado se vuelve parte de la rutina y la libertad deja de ser una certeza.