El actual incremento de casos de sarampión a nivel global no debe entenderse como un fenómeno natural inevitable. Los expertos en epidemiología señalan que estamos ante las consecuencias directas de fallos sistémicos en la cobertura de vacunación y una relajación en la vigilancia sanitaria.
El sarampión es una enfermedad que puede ser eliminada por completo , por lo que cada brote actual representa, en esencia, un fracaso en las políticas de prevención que ya habían demostrado su eficacia durante décadas.
El quiebre de la inmunidad colectiva
Para que el virus del sarampión deje de circular en una comunidad, es imperativo mantener un nivel de inmunización del 95 % con 2 dosis de la vacuna. Este umbral no es una cifra arbitraria, sino el cálculo matemático necesario para frenar a uno de los patógenos más contagiosos que conoce la humanidad.
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Cuando la cobertura desciende de este porcentaje, se pierde la protección de rebaño y el virus encuentra rápidamente caminos para propagarse entre la población no vacunada o con esquemas incompletos.
Las estadísticas actuales muestran una realidad preocupante que pudo haberse mitigado con una mejor gestión de recursos. Se estima que 22.000.000 de lactantes en todo el mundo no recibieron su primera dosis de la vacuna en el tiempo previsto.
Esta acumulación de personas susceptibles crea un reservorio ideal para el virus. La falta de acceso a servicios básicos en zonas vulnerables y la interrupción de los calendarios nacionales de inmunización han dejado la puerta abierta a la reemergencia de la enfermedad en regiones que ya se consideraban libres de ella.
Brote de sarampión revela fallos en la vacunación y la vigilancia sanitaria global
Otro factor crítico que permitió este aumento de casos fue la erosión de la confianza en las vacunas. El auge de narrativas sin base científica ha llevado a muchos padres a postergar o rechazar la inmunización.
A pesar de que la vacuna triple viral tiene un historial de seguridad ampliamente documentado, la lentitud de las instituciones para combatir la desinformación de manera proactiva permitió que el escepticismo creciera, debilitando la prevención en estratos sociales donde el acceso a la salud no es el problema, sino la percepción del riesgo.
Más de 22 millones de lactantes no recibieron su primera dosis de vacuna
La prevención no solo consiste en vacunar, sino también en detectar y actuar con rapidez. En muchos países, la percepción de que el sarampión era una enfermedad “del pasado” llevó a una reducción en la sensibilidad de los sistemas de vigilancia.
La falta de respuesta inmediata ante los primeros casos sospechosos permitió que pequeños brotes locales se convirtieran en crisis nacionales. Un sistema de salud preventivo eficiente debería ser capaz de bloquear la transmisión en las primeras 24 horas, algo que no ocurrió en la mayoría de los eventos recientes.
El costo humano de la inacción contra el sarampión
La falta de una estrategia de prevención sólida ha resultado en un aumento trágico de la mortalidad. El año pasado, las complicaciones derivadas del sarampión causaron la muerte de más de 136.000 personas, en su mayoría, niños.
Estas muertes son particularmente dolorosas para la comunidad médica porque son muertes evitables. El sarampión no tiene un tratamiento curativo una vez que se presentan los síntomas, lo que reafirma que la única herramienta ética y científica es la vacunación preventiva antes de que aparezca el primer caso.
La desinformación y la desconfianza en las vacunas agravan la crisis del sarampión a nivel mundial
La lección que deja el actual escenario es que los logros en salud pública no son permanentes si no se defienden de forma constante. Recuperar los niveles de cobertura superiores al 95 % es la única vía para cerrar las brechas que el virus está explotando.
Fortalecer los programas de inmunización rutinaria y garantizar que cada niño reciba sus 2 dosis no es solo una meta técnica, sino una obligación moral para evitar que una enfermedad totalmente controlable siga cobrando vidas en pleno siglo 21.