Cuando los cárteles de la droga en México se sienten amenazados, no se esconden. Paralizan el país. Tras la muerte del líder criminal Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, uno de los jefes del crimen organizado más poderosos del mundo, México vio cómo luce esa respuesta.

En cuestión de horas, vehículos incendiados bloquearon autopistas. Se interrumpieron vuelos. Las escuelas cerraron. Los negocios bajaron sus cortinas. Ciudades enteras quedaron en silencio.

Las autoridades contabilizaron 252 bloqueos en 20 estados, incluidos 65 solo en Jalisco, no solo un foco de violencia, sino uno de los motores económicos clave del país y un centro global de tecnología y manufactura. No fue violencia al azar. Fue una demostración coordinada de control territorial.

Jalisco: crecimiento económico bajo la sombra de la violencia

Jalisco ha vivido esta contradicción durante años: crecimiento económico junto a una inseguridad persistente. Las tasas de homicidio están por debajo de su punto más alto, pero siguen muy por encima de lo que estaban hace una década. El estado también permanece entre los primeros lugares en desapariciones y delitos violentos.

Gran parte de este cambio está ligado al ascenso del Cártel Jalisco Nueva Generación, que en poco más de una década pasó de ser un grupo regional a convertirse en una red criminal transnacional con alcance logístico y financiero en múltiples países.

Y ese alcance financiero ayuda a explicar su resiliencia. Autoridades en México y Estados Unidos han identificado a cientos de personas y empresas vinculadas a las finanzas del cártel; sin embargo, la mayoría sigue sin ser tocada.

Incluso cuando se congelan miles de millones de pesos en fondos sospechosos, una gran parte termina siendo liberada mediante resoluciones judiciales, lo que evidencia lo difícil que resulta desmantelar la columna vertebral económica del grupo.

La pregunta que sigue sin respuesta

Por eso la reacción importa. Expertos advierten que la muerte de “El Mencho” podría fracturar al cártel o detonar guerras internas similares a las vistas en Sinaloa.

Pero el problema de fondo es otro: el crimen organizado aún tiene la capacidad de movilizarse a nivel regional y paralizar la vida cotidiana en cuestión de horas. Durante años, la estrategia de México se centró en capturar o abatir a los líderes de los cárteles.

Momentos como este dejan una pregunta sin resolver: si la caída de un solo hombre puede cerrar autopistas, ciudades y destinos turísticos en todo el país… ¿quién controla realmente el territorio?