Ante una realidad que duele, que indigna y que golpea todos los días, la pregunta sigue siendo incómoda: ¿cómo tapar el sol con un dedo? En ese contexto, la jefa de gobierno de la Cidad de México, Clara Brugada lanzó una propuesta que no pasó desapercibida: un gran acuerdo con los medios de comunicación para reducir la cobertura de la llamada “nota roja”.
El planteamiento parte de una premisa conocida: la violencia atrae audiencia. “La gente ve la nota roja”, se repite, y los medios la usan como estrategia para ganar atención. Pero el problema no es la cámara ni el micrófono; el problema es lo que ocurre frente a ellos.
La reacción fue inmediata. Organismos defensores de derechos humanos encendieron las alertas. Amnistía Internacional, sección México, fue contundente: limitar o desincentivar la labor periodística no hace más seguro al país ni a la Ciudad de México. Callar la violencia no la desaparece.
Derechos humanos advierten: informar no es el problema
Las asociaciones civiles fueron claras y directas. Si no queremos escuchar noticias sobre homicidios, feminicidios, desapariciones o inseguridad, la solución no está en esconderlas, sino en lograr que esas cifras empiecen a bajar. Y eso solo puede ocurrir si las autoridades hacen su trabajo.
La libertad de expresión y el derecho a la información, insisten, no son negociables. No deja de ser inquietante que desde el poder se sugiera “bajarle” a la cobertura, cuando la responsabilidad institucional debería ser soportar la crítica, no marcar línea sobre qué se puede contar y cómo se debe contar.
Porque el periodismo no está para tranquilizar conciencias oficiales, sino para documentar lo que pasa, incluso —y sobre todo— cuando incomoda.
El fantasma del acuerdo de 2011 y una historia que no terminó bien
Aquí aparece la ironía. Clara Brugada retoma una idea que desde Morena ha sido duramente criticada: el acuerdo para la cobertura informativa de la violencia firmado en 2011. En su momento, 715 medios lo suscribieron con el argumento de no convertirse en voceros involuntarios del crimen organizado.
El objetivo declarado era “responsabilizar” la cobertura. El resultado, según sus detractores, fue otro muy distinto: minimizar asesinatos, mitigar enfrentamientos y maquillar la crisis de violencia que atravesaba el país.
La realidad fue brutal. Se dejaron de contar los cuerpos. Se dejaron de escuchar las voces. Y se dejó sola a la gente.
Datos oficiales cómodos frente a una realidad incómoda: La violencia aumenta
Hoy, el debate regresa con otro nombre y otros actores, pero con el mismo riesgo de fondo. Comunicar datos oficiales a modo puede ser cómodo. Puede dar una sensación artificial de control. Pero está muy lejos de reflejar la realidad diaria que viven millones de mexicanos.
La violencia no se reduce bajándole el volumen a las noticias. Se reduce con políticas públicas eficaces, con investigación, con justicia y con resultados. Todo lo demás no hacen más que confirmar una verdad incómoda: el problema no es que se informe demasiado, sino que se haga tan poco para cambiar lo que se informa.