A cuatro años de su pomposa inauguración, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) sigue ofreciendo postales de desolación. Mientras el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) colapsa bajo el ritmo de las vacaciones, en Santa Lucía el panorama en este Jueves Santo es de un silencio sepulcral. Los usuarios se cuentan con los dedos de la mano y los pasillos vacíos confirman que la megaobra sigue sin convencer al viajero mexicano.

Atrás quedan los gritos y los silbatos de la policía que en el AICM apresuran a los pasajeros. En el AIFA, lo que predomina es la calma de una terminal que parece estar en espera de una actividad que no llega.

Distancia y soledad: Las barreras del pasajero

Para quienes deciden usarlo, el principal obstáculo sigue siendo el mismo: la conectividad. “El problema aquí es la distancia; desde la colonia Valle Sur hasta aquí hacemos una hora con 20 minutos”, relata una usuaria que refleja el sentir de miles. Esta lejanía se traduce en comercios vacíos y restaurantes sin clientes. Aldo Escobar, un vacacionista en la terminal, es tajante: “No hay tiendas, no hay nada la verdad. No me gusta”.

Las cifras de este aeropuerto fantasma son contundentes:

  • Capacidad desperdiciada: Aunque el AIFA tiene infraestructura para atender a más de 70 mil pasajeros diarios, en esta temporada alta apenas recibe a 25 mil, operando a un raquítico 35% de su capacidad.
  • Operaciones en el suelo: Mientras el AICM gestiona más de mil vuelos al día, el Felipe Ángeles apenas alcanza entre 150 y 170 operaciones diarias.

¿Despegue hasta el 2032?

A pesar de las imágenes de escaleras cerradas, mostradores abandonados y salas de espera sin utilizar, la administración del aeropuerto pide paciencia. Isidoro Pastor, director general del AIFA, admite que el “despegue total” de la infraestructura no ocurrirá sino hasta el año 2032. Es decir, los mexicanos deberán esperar otros seis años para ver si la inversión rinde frutos.

Mientras tanto, en redes sociales, el gobierno celebra con “bombo y platillo” el cuarto aniversario de la terminal. Sin embargo, en el terreno, la realidad es otra: un aeropuerto fantasma donde nadie pelea por un taxi y donde el silencio es el único pasajero constante.